Eugenio Antonio

Nunca me gustó visitar a los vecinos, pero mi mamá me convenció al decirme que la casa de al lado era igual que la nuestra, solo que ellos –los vecinos- la habían reformado y había quedado entre moderna y antigua; y tenía los cambios que alguna vez ella había soñado para la nuestra. Solo entonces, por curiosa, accedí.
  La dueña de casa, que no era muy simpática, intentó ese día estar de buenas y en vez de dejarnos en la primera sala nos invitó a pasar al jardincito interior,  que de entrada ya me pareció mágico: plantas por doquier, flores de colores, y la luz del sol que se filtraba suavemente por aquella mini selva.  Había tres sillas antiguas de hierro, pintadas de blanco, donde nos sentamos. Yo me puse justo debajo de un rayo de sol para no aburrirme con la conversa ajena. En un momento, sé que cerré los ojos por más segundos de lo normal y al abrirlos, un niño de unos cinco años me estaba sonriendo, semi asomado en la puerta del jardincito.
Le sonreí de vuelta y él poco a poco se me fue acercando. ‘’Mi nieto’’, explicó la vecina y siguió conversando. ‘’Hola’’, le dije al niño, quien en vez de responderme, me señaló la planta que tenía a mi lado. ‘’Si agarras una de las florecitas y la estrellas contra tu frente, se abre’’ y acto seguido me demostró la veracidad de su teoría. Yo tomé entonces una de las florecitas e hice lo propio, sin los mismos resultados que mi pequeño profesor. ‘’No, no. Así no’’, me dijo y me explicó un par de veces más hasta que pude emularlo sin fracasar.
Durante todo lo que duró la visita, logramos hacer cinco experimentos, dos de ellos fallidos, por mi parte, claramente. Cuando íbamos casi por el sexto intento, lo detuve: ‘’No está bueno arrancar las flores. Le duelen al tallito’’. El niño se me quedó mirando, y volvió a sonreírme. ‘’No creas todo lo que te dicen los grandes’’, me dijo. Yo lo miré asombrada y le pregunté: ‘’¿Qué edad crees que tengo?’’. Y él, impertérrito, me dijo solemne: ‘’Uhm…un poquito más que yo. ¿Abrimos otra florecita?’’ y sin que pudiera oponerme, arrancó una y me la dio. Esta vez, su teoría funcionó perfectamente y al primer intento, tuve éxito. Obviamente complacido, me dijo: ‘’Me llamo Eugenio Antonio’’. Y después de regalarme el fruto de sus experimentos, se dio la vuelta y se alejó, no sin antes detenerse semi asomado en la puerta del jardincito, y volvió a sonreírme, con la misma primera sonrisa con la que me compró esa mañana de experimentos florales.

Eugenio Antonio

Nunca me gustó visitar a los vecinos, pero mi mamá me convenció al decirme que la casa de al lado era igual que la nuestra, solo que ellos –los vecinos- la habían reformado y había quedado entre moderna y antigua; y tenía los cambios que alguna vez ella había soñado para la nuestra. Solo entonces, por curiosa, accedí.

 
La dueña de casa, que no era muy simpática, intentó ese día estar de buenas y en vez de dejarnos en la primera sala nos invitó a pasar al jardincito interior,  que de entrada ya me pareció mágico: plantas por doquier, flores de colores, y la luz del sol que se filtraba suavemente por aquella mini selva.

Había tres sillas antiguas de hierro, pintadas de blanco, donde nos sentamos. Yo me puse justo debajo de un rayo de sol para no aburrirme con la conversa ajena. En un momento, sé que cerré los ojos por más segundos de lo normal y al abrirlos, un niño de unos cinco años me estaba sonriendo, semi asomado en la puerta del jardincito.

Le sonreí de vuelta y él poco a poco se me fue acercando. ‘’Mi nieto’’, explicó la vecina y siguió conversando. ‘’Hola’’, le dije al niño, quien en vez de responderme, me señaló la planta que tenía a mi lado. ‘’Si agarras una de las florecitas y la estrellas contra tu frente, se abre’’ y acto seguido me demostró la veracidad de su teoría. Yo tomé entonces una de las florecitas e hice lo propio, sin los mismos resultados que mi pequeño profesor. ‘’No, no. Así no’’, me dijo y me explicó un par de veces más hasta que pude emularlo sin fracasar.

Durante todo lo que duró la visita, logramos hacer cinco experimentos, dos de ellos fallidos, por mi parte, claramente. Cuando íbamos casi por el sexto intento, lo detuve: ‘’No está bueno arrancar las flores. Le duelen al tallito’’. El niño se me quedó mirando, y volvió a sonreírme. ‘’No creas todo lo que te dicen los grandes’’, me dijo. Yo lo miré asombrada y le pregunté: ‘’¿Qué edad crees que tengo?’’. Y él, impertérrito, me dijo solemne: ‘’Uhm…un poquito más que yo. ¿Abrimos otra florecita?’’ y sin que pudiera oponerme, arrancó una y me la dio. Esta vez, su teoría funcionó perfectamente y al primer intento, tuve éxito. Obviamente complacido, me dijo: ‘’Me llamo Eugenio Antonio’’. Y después de regalarme el fruto de sus experimentos, se dio la vuelta y se alejó, no sin antes detenerse semi asomado en la puerta del jardincito, y volvió a sonreírme, con la misma primera sonrisa con la que me compró esa mañana de experimentos florales.

Uncensored Resistance in Venezuela | Resistencia sin Censura en Venezuela

(Source: youtube.com)

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Detalles de un estudio de grabación.

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zodiaccity:

Zodiac Files: Aries is the kind of friend who….

zodiaccity:

Zodiac Files: Aries is the kind of friend who….

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